Tras los ya sabidos -y cuestionados en su causalidad- ataques estadounidenses e israelíes a puntos considerados estratégicos de la República Islámica de Irán, en la que han fallecido no sólo civiles, sino que además el mismo Sayyeed Ayatolá Alí Jamenei, Líder Supremo de Irán, dentro del marco de la llamada por el Pentágono “Operación Furia Épica”, ahora el país persa, ha contestado en proporción igual y diferente: mientras Washington y Tel-Aviv de forma deliberada bombardearon objetivos civiles en tierras iraníes (vía del terror bélico), Teherán respondió, pero en esta ocasión, solamente contra bases estadounidenses estratégicamente ubicadas en las inmediaciones del Golfo Pérsico y la Península Arábiga, como consecuencia coherente y siendo no sólo uno de los mayores países de mayor peso militar y económico que rodea directamente el espacio marítimo mencionado en el Medio Oriente, sino también el único con capacidad real para cercar el Estrecho de Ormuz que es de forma clara y directa la puerta de entrada al golfo en cuestión.
La muerte física de civiles por parte de bombardeo extranjero puede ser dolorosa para un país como Irán, pero no respondió con la misma moneda. Al contrario, y como muestra de la correcta lectura geopolítica de su región, respondió donde no sólo las grandes potencias sino el sistema global entero es vulnerable: A través del Estrecho de Ormuz se recibe aproximadamente el 20% de todo el petróleo a nivel mundial; casi un cuarto del crudo extraído y refinado pasa por aquella puerta de entrada.
El bloqueo del Estrecho no constituye un ataque directo, sino una forma de coerción estratégica limitada. Se emplea la fuerza militar no para destruir, sino para interrumpir flujos. Esa interrupción, en un sistema energético altamente interdependiente, se traduce en encarecimiento de materias primas, presión inflacionaria y caídas selectivas en bolsas occidentales, especialmente en sectores tecnológicos e industriales. Irán busca golpear al enemigo colateralmente.
En este complejo escenario, hace apenas semanas, Estados Unidos tomó la decisión de atacar Venezuela y capturar a Nicolás Maduro, declarando Trump que el petróleo de ese país “le pertenece”. Esto como si fuese también una antesala prevista por Estados Unidos, dándose condiciones desfavorables para acceder a petróleo en caso de una guerra en escalada dentro de Medio Oriente.
A esto cabe sumarle, el plan geopolítico impulsado por Israel llamado “El gran Israel”, fomentado mediante profecías antiguas, para expandir incluso desde el Nilo hasta el Éufrates, lo que requeriría el necesario aplastamiento de Irán y posteriormente de todos los países árabes que tienen soberanía sobre estas regiones, incluyendo a Turquía y Arabia Saudita.
El tablero está revuelto y pareciera que lo peor está por suceder, ya que países europeos han declarado eventuales ataques contra Irán para “defender sus intereses”, mientras otras potencias como China condenan las actividades gringo-israelíes y Putin declara buscar una manera de acabar en lo inmediato con este conflicto peligroso para todo el mundo.
El motivo central de esta guerra no es la supuesta tenencia de armas nucleares de Irán (que no ha atacado a sus vecinos), ni la supuesta cruzada pro democracia de Estados Unidos. Aquí vemos dos motivantes importantes que ponen en peligro a toda la humanidad:
1-La necesidad depredadora enfermiza de Estados Unidos por manejar y tener bajo su control todos los yacimientos de petróleo del mundo. Esta potencia requiere cantidades exorbitantes de barriles para mantener estabilidad energética en su región.
2-El peligroso plan “Gran Israel”, que de manera irracional y guiado por teorías proféticas bíblicas busca expandir las fronteras de Israel según dictámenes divinos.
En definitiva, esta locura de delirios fanáticos e intereses económicos expansivos que depredan los recursos de países soberanos son una amenaza constante que conlleva a la ruina de la humanidad.