Por Fernando Vidal

Hay mañanas en que Chile parece un solo cuerpo cansado. La gente se sube al bus o al metro con la misma expresión ensimismada, como si cada quien cuidara un pequeño hilo de energía para llegar vivo al final del día. En la oficina, en la sala de clases, en la casa, la conversación termina girando en torno a lo mismo: el tiempo no alcanza, la plata no alcanza, la cabeza no da. No hace falta dramatizar para reconocerlo; basta mirar alrededor y escuchar.

La salud mental, en este escenario, deja de ser un asunto privado y empieza a funcionar como termómetro social. No se trata únicamente de diagnósticos clínicos, ni de la cantidad de atenciones disponibles; hay algo más profundo, una especie de clima emocional colectivo que se instala cuando la vida se vuelve demasiado exigente e incierta. Eso es lo que vuelve relevante leer los datos como señales de un país, no como anécdotas individuales. El Informe de Desarrollo Social 2022 abre una puerta útil: observa el bienestar subjetivo y lo traduce en indicadores que, sin ser una ficha clínica, permiten asomarse a la vida emocional de la población. Allí aparece el “balance afectivo”, definido como la diferencia entre emociones positivas y negativas reportadas por las personas, construido a partir de escalas que suman y restan experiencias emocionales. Es una forma de medir algo que suele quedar sin nombre: cómo se siente, en promedio, habitar el país.

1. Una brecha que se nota en el ánimo

El mismo informe muestra una diferencia importante entre hombres y mujeres en el promedio de balance afectivo: el dato, presentado de manera directa, marca un valor mayor en hombres y menor en mujeres. No hace falta convertirlo en una sentencia definitiva; basta tomarlo en serio como pista. Cuando el bienestar emocional se distribuye de manera desigual, algo de la organización cotidiana está pesando sobre ciertos cuerpos más que sobre otros. El informe también conecta bienestar con pobreza de una manera muy concreta: señala que las carencias de la vida diaria impactan en los niveles de bienestar y que, aun cuando la satisfacción general puede ser relativamente alta en ambos grupos, existe una brecha entre quienes están y quienes no están en situación de pobreza; además, indica que la proporción de personas satisfechas con su vida es casi diez puntos menos en pobreza, y que la insatisfacción es más alta en ese grupo. Dicho en palabras simples: la desigualdad no queda afuera de la piel, se filtra en la experiencia cotidiana.

A partir de ahí, el ensayo se vuelve inevitablemente político. Un país que acostumbra a millones a vivir en modo supervivencia termina pagando esa factura con síntomas: irritabilidad, ansiedad, insomnio, desesperanza. Y aunque cada historia es distinta, la repetición de ese desgaste configura un paisaje: una sociedad donde descansar parece un lujo, y pedir ayuda, una derrota.

2. El cuidado como zona de sacrificio

Hay una escena silenciosa que se repite: alguien que cuida a otra persona —un niño pequeño, una persona mayor, un familiar con dependencia— mientras sostiene el hogar y, a veces, también un trabajo remunerado. Se habla de “cuidado” como si fuera una palabra cálida, pero en la práctica suele ser una carga desigual, muchas veces sin reconocimiento y sin red.

El Informe 2022 lo plantea de forma explícita: señala que las mujeres que realizan trabajo doméstico y de cuidados no remunerados ven afectada su salud mental en mayor medida que los hombres que realizan esas labores, y añade datos de síntomas moderados a severos de ansiedad y/o depresión con diferencias por sexo, ampliadas en quienes hacen cuidados no remunerados. Esa brecha no es una curiosidad estadística; es el rastro de una organización social que descansa sobre el agotamiento de quienes sostienen la vida cotidiana.

Lo que ocurre cuando el cuidado se vuelve un pozo sin fondo es predecible: se estrechan los vínculos, se reduce el sueño, se pierde la paciencia, aparece el sentimiento de culpa por estar cansada, como si el cansancio fuera una falta moral. No se necesita una teoría sofisticada para entender por qué esto golpea la salud mental: el cuerpo humano no está hecho para sostenerlo todo sin apoyo.

El mismo informe, de hecho, enlaza este diagnóstico con un horizonte institucional: menciona el desafío de reforzar políticas de salud mental con foco en mujeres cuidadoras y lo conecta con la relevancia del Sistema Nacional de Cuidados en el período 2022–2026. Hay una intuición fuerte detrás de esa conexión: si se quiere hablar en serio de salud mental, el cuidado no puede seguir siendo un asunto privado resuelto a punta de sacrificio.

3. Infancia y adolescencia: cuando el malestar aparece temprano

Si hay algo que inquieta en la conversación pública reciente es la sensación de que el malestar está llegando antes. Se cuela en la sala de clases, en la convivencia escolar, en el ánimo de niños y adolescentes que aún deberían estar construyendo confianza en el mundo.

El Informe 2022 identifica un desafío preciso: fortalecer la oferta pública que se hace cargo de los “problemas de salud mental” en niños, niñas y adolescentes (junto a mujeres y personas mayores), y agrega que en niñez y adolescencia la pandemia agravó estos problemas debido a confinamiento y aislamiento social; por eso, propone generar instancias de coordinación interinstitucional, por ejemplo, con el Ministerio de Educación, para abordar la salud mental desde la primera infancia.

La idea de “coordinación” a veces suena burocrática, pero aquí tiene un sentido vital. En la infancia, el entorno importa tanto como el síntoma: la escuela, la familia, el barrio, el acceso a actividades, la posibilidad de juego, la presencia de adultos disponibles. Cuando esas piezas fallan, lo que aparece como “conducta” suele ser una señal de contexto. Un ensayo narrativo tiene que decirlo sin vueltas: si los niños se enferman de mundo, el mundo también está enfermo.

4. Envejecer en aislamiento

La vejez, en Chile, carga con otra forma de fragilidad: la del aislamiento. No se reduce a “sentirse solo”; muchas veces se trata de perder redes, depender de otros, o habitar una ciudad que no está hecha para la lentitud ni para la compañía.

El Informe 2022 señala que la pandemia afectó de manera particular a las personas mayores en términos de socialización, aislamiento y dependencia, y que esto profundiza la necesidad de dar importancia al tratamiento y acompañamiento en salud mental para este grupo, planteando el desafío de fortalecer la oferta pública que responda a sus necesidades. En el lenguaje sobrio del documento hay, sin embargo, una escena muy humana: alguien que deja de ver gente, que pierde autonomía, que empieza a vivir el día como una repetición sin visitas.

Una sociedad que abandona a sus mayores no solo falla moralmente; también siembra malestar y sufrimiento que luego aparecen como “problema de salud”. Acompañar en la vejez no es caridad: es infraestructura social. Y, otra vez, vuelve el mismo punto: el sistema sanitario puede ayudar, pero no puede fabricar vínculos donde no existen.

5. Política social: el dilema entre focalizar y cuidar a escala

El informe no se queda en diagnósticos; discute arquitectura de política social y señala desafíos para el período 2022–2026: mayor coordinación, complementariedad y mejor asignación de programas del Sistema Intersectorial de Protección Social, con horizonte de mejorar calidad de vida y apoyar inclusión e igualdad de oportunidades. Ese debate es crucial para la salud mental, aunque no lo parezca a primera vista: la manera en que el Estado protege (o no) determina cuánta incertidumbre se acumula en la vida cotidiana.

En sus secciones finales, el informe describe un cambio de paradigma que se discute en Chile: pasar de un Estado que entrega beneficios mayoritariamente focalizados a un sistema donde la focalización coexista con provisión universal de derechos sociales en áreas centrales, con enfoque de género y atención a necesidades a lo largo del ciclo de vida. También plantea desafíos concretos de universalización y vincula ese tránsito con la implementación del Sistema de Garantías de Niñez y Adolescencia y con un Sistema Nacional de Cuidados, pensado con participación comunitaria en su gobernanza y con principios de universalidad y pertinencia local.

Este es un punto donde conviene abandonar el lenguaje cómodo. La salud mental se juega, muchas veces, en la seguridad de un piso mínimo: saber que si caes habrá red, saber que el cuidado no te va a destruir, saber que la vejez no será abandono. Cuando esa seguridad falta, la vida se vive como una cuerda floja; y vivir demasiado tiempo en cuerda floja cambia a las personas.

6. Un problema de época, una pregunta abierta

El Informe 2022 deja además una advertencia política en otro ámbito: menciona desafíos ligados al bajo involucramiento y participación, y a la cohesión social. Ese dato se puede leer como telón de fondo del malestar: cuando la comunidad se debilita, la angustia se privatiza; cuando la vida pública se vuelve lejana o desconfiable, cada uno carga su peso en solitario.

En Chile, el neoliberalismo operó precisamente así: empujó hacia la responsabilidad individual, debilitó seguridades compartidas, convirtió la vida en carrera, y dejó que el fracaso se interpretara como defecto personal. En un mundo que ya no promete estabilidad —y donde las crisis se encadenan con más frecuencia— esa fragilidad se vuelve todavía más peligrosa. El cansancio deja de ser un accidente; se vuelve estructura. Y cuando el cansancio se vuelve estructura, la salud mental se convierte en el lugar donde el país se confiesa, aunque no quiera. No hay una salida simple. O Chile trata la salud mental como un apéndice sanitario que responde tarde a un daño ya producido, o la entiende como parte de la infraestructura social que se construye con cuidado, derechos, coordinación estatal y comunidad real. Lo primero perpetúa el ciclo; lo segundo obliga a tocar intereses, presupuestos, prioridades y formas de vivir.

Bibliografía

1. Ministerio de Salud (DIPRECE). Construyendo Salud Mental (Resolución Exenta 676, 2024).

2. Ministerio de Salud (MINSAL). Plan de Acción Salud Mental 2019–2025 (sitio oficial).

3. Ministerio de Salud (DIPRECE). Estrategia Nacional para la Prevención del Suicidio 2025–2034 (Consulta pública, PDF) y página informativa.

4. Ministerio de Salud / LeyChile. Ley 21.331 (PDF validable LeyChile; versión 2025).

5. Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Informe de Desarrollo Social 2022 (PDF).

6. Biblioteca del Congreso Nacional (LeyChile). Decreto 9 (2025), Reglamento sobre Hospitalización Psiquiátrica (publicación 2025)