La despolitización neoliberal sigue provocando estragos hasta nuestros días. “Hacer política” para la clase trabajadora es sinónimo de meramente “votar por alguien”. Retornamos a la llamada “votación del mal menor” pues la crisis de representatividad y soberanía popular es latente.

La desconfianza contra los mercaderes de la política, todos aquellos miserables gusaniles que pretenden hacerse un sueldo con las arcas fiscales y una “carrera política” es un hecho, pero hay una realidad que el pueblo debe rememorar, y es que más allá de los partidos y candidatos, la soberanía recae en el pueblo, pues son quienes movilizan los engranajes de la nación, por tanto, solo el pueblo autodeterminado tiene el poder absoluto.

No hay que buscar de manera mesiánica la aparición de un salvador o dejar los destinos políticos al azar. El pueblo de Chile tiene el poder de transformar las cadenas en armas y el descontento en combustible. Todos los hijos del pueblo son llamados a formarse y contribuir en esta tarea sacra que recupera los mandos del país. La oligarquía jamás operará en beneficio nacional ni cumplirá las promesas que satisfacen las grandes demandas populares. Hay que educarse, hay que presionar, hay que organizarse, hay que hacer, por todos los medios, hay que ejercer el poder popular.