Entre el confinamiento, las medidas restrictivas sobre el desplazamiento masivo y las adecuaciones laborales-educativas, el uso de las tecnologías de la información se ha incrementado exponencialmente. Puede resultar obvio que la adaptación exige recurrir a ciertos instrumentos para lidiar con la crisis sanitaria en desarrollo. Pero, ¿Qué ocurre con la política?
Y no hablemos de política como algo abstracto. Centrémonos en lo concreto, entre lo inmediato y lo proyectable: elecciones generales y proceso constituyente.
Los comentarios recurrentes sobre las campañas apuntaban a la dificultad de poder llevar a cabo, en un periodo más o menos restringido, un eficaz proceso eleccionario, cual fuera el propósito de la candidatura en cuestión. Pero, el uso masivo de dispositivos electrónicos y el acceso a internet, ¿no facilitarían un proceso que es, esencialmente, comunicación?
Pareciera razonable considerar que sí: publicar texto o material audiovisual requiere únicamente una plataforma y la “visibilidad” -digamos: difusión- que pueda tener, dependerá, en buena parte, del contenido y ciertas estrategias a emplear. Los defensores más duros de estas ideas resaltan lo democrático, gratuito y masivo, aspectos que superarían a la realidad concreta, sea en un escenario con o sin pandemia.
Estas ideas se replican entre personas tan disímiles como reaccionarios y anti sistémicos. Pero, ¿es así? El referirnos a ciertas aplicaciones y servicios como “red social” supondría entenderlas como un espacio público que “ocupamos” junto a otros con los que no necesariamente compartimos vecindad, parentesco, amistad o nacionalidad. Sin embargo, lejos estamos de que aquello sea una red “social”, pues posee elementos que distorsionan la interacción, al menos de la manera que ocurre en la realidad concreta. Nuestra forma de socializar.
De tal modo, en la realidad, finitos y limitados, únicamente podemos interactuar con quienes forman parte de ciertos “espacios”. Sea el vecindario, la escuela, el trabajo, la comuna, etc. No podemos estar en todos lados ni tampoco abstraernos de ellos “cerrando sesión”. Esto, que parecerá muy obvio o evidente al lector, suele olvidarse en el campo de lo virtual.
Y allí comienzan los problemas. Esta tensión entre quienes confunden realidad y virtualidad, quienes no pueden distinguir lo aparente de lo concreto, genera una “desconexión” con lo que realmente ocurre. No digamos siquiera “con la verdad”, sino con los hechos. Un ejemplo que quedará en la historia política de lo que queda de república chilena, lo constituyen las declaraciones grandilocuentes y “vociferantes” de quienes propugnaban rechazar el proceso constituyente.
“Connotados” investigadores, analistas y politólogos afirmaron categóricamente, o bien el triunfo de aquella opción, o -los menos optimistas- un “empate técnico”. ¿A quién no le habría gustado ver sus caras a medida que los resultados se tornaban categóricos? Si aquella fuese una caída, ¿hasta dónde se habría escuchado?
Fue la realidad imponiéndose de modo crudo, como suele ser. Y allí radica un elemento que puede omitirse a voluntad. Como usuario puedo decidir qué quiero ver, con quién quiero interactuar y con quien no. Tengo poder. Uno ilusorio, como veremos, pero apretar un botón o hacer clic y ver como ese desagradable sujeto que publica dibujos “furros” desaparece de mi vista. Esto es imposible en la realidad.
Y es, además, una ilusión de poder. Tendré la posibilidad de decidir cuándo y a quién, pero realmente no estoy siendo libre, ni menos ejerciendo poder alguno. Porque no, las plataformas para comunicarse, de la forma que sea, no son gratis: he aceptado, para ser parte, entregar mi información personal, permitir que mis búsquedas, clics, o hasta mi voz sea escuchada y procesada en una inmensa red, que no conozco ni tengo injerencia alguna, que creará un perfil o “huella digital”, para sugerirme productos que consumir.
Servicios, bienes de consumo de empresas que pagan para poder “localizarme” y hacer un gancho comerciante-consumidor mucho más efectivo que pagar un aviso en un medio tan decadente como la televisión. Pero también hay personas que pueden hacerlo. Ya por ego, por querer “influir” o de la mano de organizaciones políticas y partidos.
Luego, el querer “hacer campaña” me exige que sepa hacerlo. Comunicar de un modo eficiente no es tan sencillo como parece. Ya porque deba pensar en un mensaje, una idea a difundir o porque necesito de un diseño, y quien “diseñe”. Ya no parece tan democrático ni gratuito.
La siguiente traba: ¿Cuántos “me siguen”? Hemos dicho que en lo cotidiano -REAL- nos movemos en ciertos espacios. Ya territorial o funcionalmente, compartimos, interactuamos, con unos pocos. En el plano virtual, puedo “ampliar” dichas zonas, pero me someto a ciertas reglas que parecieran limitar esa posibilidad, restringir lo que pueda comunicar, o someter hasta mi pensamiento en ciertos tópicos, en apariencia relevantes. Algunos lo llaman “corrección política” y se lo atribuyen a los otros, pero en realidad, todos ellos están sujetos a alguna “corrección”. Sea el uso de una vocal o no, el “seguir” a cierto personaje de la politiquería y “compartir” sus publicaciones, colocar una bandera, un pronombre, etcétera.
Resulta, entonces, que la política -partidista o no- se ve forzada a “cumplir” con una suerte de verificadores que recuerdan las más básicas reglas de la propaganda. Identidad, consigna simplificada, repetitiva y efectista. Pero no soy el único, claramente, y mi “mensaje” quedará acumulado junto a otros, que puedan parecer hasta visualmente similares. ¿Cómo puedo marcar la diferencia?
A todo lo ya expuesto, se deben sumar elementos que “distorsionan” esa misma virtualidad. El bloqueo -y su sucedáneo, la “cancelación”-, los sesgos en la información y la presencia cada vez más imponente de las noticias falsas, comunicaciones manipuladas o ese video de TikTok que contiene un fragmento de 10 segundos de un video de 20 minutos. Se va “formando” opinión y, con ello, en mayor o menor medida, el usuario, en vez de ampliar su red, la termina restringiendo y constituyendo lo que se ha denominado “cámara de eco”.
¿Cómo es que no están los venezolanos infiltrados en nuestras Fuerzas Armas? ¿Cómo que compartir esa publicación contra la violencia no detiene la violencia? Podríamos extendernos en ideas que se han afianzando en unos y otros, reforzadas por esa repetición y amplificación que tiene lugar entre esa porción de personas que me siguen.
¿Qué política puede hacerse en un escenario así?
La más dura de todas. Aquella que sin titubeos apunta a lo esencial, a los problemas de raíz, superando cualquier traba fundada en la apariencia o el postureo. Los problemas son reales, carcomen los huesos de nuestros ancianos, los sesos de quienes se las rebuscan para pagar y detener el acoso de cobranzas, al mismo tiempo que hay que llenar el plato. No se puede comer con “likes” ni los mensajes “de fuerza” son suficientes. Se requiere de acción, de praxis política; y esta, a su vez, de quienes asuman un férreo compromiso con ella.
En tanto, la academia y “sus pensadores” se esmeran en entender los fenómenos políticos, particularmente el avance arrollador de ciertas expresiones autoritarias. Se culpa a las mismas redes sociales. Pero, ¿Dónde queda la autocrítica? El reciente triunfo del Partido Popular en Madrid, España, ha dejado tontos boquiabiertos y otros cesantes. De nada sirvieron las consignas diversas, incluyentes y emotivas. Puro “activismo performativo” inútil y disuelto en el gran narciso, caprichoso, moldeado por la publicidad, lo nuevo y el inmediatismo.
Forjar un nuevo Chile, en una nueva Indoamérica, es más que pura palabrería.