Contra el Pacifismo

Abr 19, 2021
Por Luis Bozzo

“Si no podéis ser espada, sed el Relámpago”

-Práxedis Guerrero.

Una gran sonrisa caricaturesca aparece en la cara de los usureros que controlan el poder político-económico y el monopolio de la fuerza, cuando escuchan frases y consignas como: “resistencia pasiva”, “marcha pacífica”, “huelga de hambre”, “paz y amor”, “diálogo cordial con pliego de peticiones”, “intervención urbana”, entre otras tácticas y mantras de moda que se enmascaran de lucha revolucionaria, debido a que suelen promocionarse dentro de todo Occidente, como si fueran las verdaderas vías para que una sociedad “civilizada” luche por satisfacer sus necesidades. Algunos slogans populares repetidos innumerables veces dentro de la cultura los conocemos de memoria: “la violencia no conduce a nada”, “la violencia produce más violencia”, etc.

El capitalismo no solo respalda ese tipo de proclamas y propuestas, sino que las promueve constantemente como el único camino político y moral posible, mientras guarda para sí, la protección de la fuerza más cruenta, reprimiendo a cualquiera que pueda levantarse de una forma más contundente ante el sistema. Desgraciadamente, en nuestros tiempos innumerables colectivos autodenominados “anti-sistema” o de izquierda han asumido estas dogmáticas pacifistas en el fondo y en la forma.

El pacifismo no tiene una definición dogmática, ya que suele exponerse simplemente como el conjunto de doctrinas cuyo fin es salvaguardar la “paz” entre los seres humanos y las naciones. Pero ¿De qué paz estamos hablando? A modo de ejemplo: La paz para el imperialismo estadounidense, significa invadir y destruir naciones ajenas que se opongan a la usurpación de recursos naturales (como el petróleo), así el imperio se impregna de una suerte de halo divino y civilizador en el mundo, contra los “pueblos parias” denominados enemigos de la vanagloriada paz. La “paz” para la burguesía explotadora tiene relación con habitar una zona en cuya superficie, sus negocios, inversiones y prácticas usureras no corran riesgos, pudiendo mantener sus privilegios intocables, sin necesidad de preocuparse de revueltas violentas, saqueos, o peor aún… la muerte. Percibimos entonces que el ideal de paz como finalidad, tiene interpretaciones subjetivas y utilitarias, dependiendo de quien la refrenda.

Para los pueblos y sus trabajadores, no podría existir la paz verdadera si perdura al mismo tiempo la explotación y la imposición de una vida falsa, donde un reducto de parásitos succiona gran parte de las riquezas producidas, en desmedro toda una comunidad. Lo cierto, es que la paz ha sido una de las metas más valoradas de la humanidad desde tiempos antiguos. Muchos gobernantes y sistemas políticos fueron y siguen siendo calificados como buenos o malos, según sus dotes de garante de la paz o de apaciguador.

Pero no es la paz y su correspondiente significado el objeto de este artículo, sino el pacifismo como método y dogma, el cual tiene un origen táctico-estratégico de aplicación bastante contemporáneo, extendido por todo Occidente principalmente después de la segunda guerra mundial.

A mediados del siglo XX, las potencias liberal-capitalistas y las burguesías occidentales veían con sumo temor el avance del socialismo y todo lo que significara una explosión de revolución proletaria violenta, pues no habría código cultural ni guardia de vasallos que pudiese salvarlos de aquello. Durante el siglo XX el socialismo era considerado el peor peligro para el capitalismo liberal. Fue así, como a través de los medios de propaganda masivos, comenzaron a fomentarse idearios de supuestos hombres pacifistas, símbolos de la luz del mundo. Uno de estos hombres exhibidos como ejemplos de paz encarnada, inspirador de muchos otros venideros, fue el indio Mahatma Gandhi.

La farsa de Gandhi

Hoy en día se sabe con certeza histórica que el mito de Gandhi, no es nada más que eso; una mitología tergiversada y explotada a conveniencia de Occidente. El mito dice que Gandhi, fue un humilde independentista, pacifista consagrado, líder político y espiritual, enemigo del racismo, la explotación, la injusticia y por cierto hombre clave en el proceso de independencia de la milenaria nación India. Gandhi nació en el seno de una familia acomodada de la casta de los comerciantes (Bania) y ésta, tenía los suficientes recursos y lazos de influencia para enviarlo a estudiar Derecho en el University College de Londres.

Cuando Gandhi retorna a la India siendo ya un joven abogado, encuentra un trabajo en Natal, con buen salario. Aquí experimenta en carne propia el racismo imperialista cuando en el interior de un tren de primera clase, un blanco reclama para que se largue del lugar, pese a que Gandhi había pagado el pasaje correspondiente, así también fue golpeado en otra ocasión por un conductor, al negarse a cederle el asiento a un pasajero blanco. Sin embargo, las metas de Gandhi estaban lejos de buscar extirpar el imperialismo, pues anhelaba que las clases altas de la India tuviesen los mismos privilegios que los blancos británicos, pregonando un abierto desprecio contra la clase trabajadora, los parias (sin casta) y contra la población africana zulú, considerando el mismo un insulto, el hecho de que los indios fuesen asemejados a los africanos. Gandhi se consideraba en sus cartas un fiel servidor público del imperio y un fuel vasallo de la Corona Británica.

En 1903, Gandhi declaró: “Creemos también que la raza blanca de Sudáfrica debería ser la raza predominante”, esto a modo de apelar al paternalismo blanco, intentando ganar terreno mediante la cooptación.

Ya en el comienzo de la aplicación de la “resistencia pacífica”, Gandhi demostró descaradamente sus primeras traiciones contra la clase trabajadora India. Este había convocado a movilizaciones contra varias leyes restrictivas, especialmente la llamada Ley Negra de Transvaal, que prohibía la inmigración india y obligaba a todos los hombres mayores de ocho años a registrarse. Miles fueron encarcelados durante esas protestas, mientras Gandhi negoció con las autoridades un acuerdo en el que finalmente, se determinó que las clases ricas y adineradas quedaban exentas de la prohibición, y todos los demás deberían registrarse de igual forma. Muchos sintieron que fueron encarcelados en vano, sin que Gandhi moviera un solo dedo por ellos, pues lo que buscó en resumidas cuentas, fue un acuerdo para el beneficio de su clase.

No eran pocos los trabajadores independentistas que no se representaban en Gandhi, ya que este personaje, se rodeó de castas religiosas altas y de la burguesía independentista, que finalmente controlaba el proceso de Independencia. El trabajo de Gandhi fue impedir que las multitudinarias clases trabajadoras y pobres emprendieran una revolución violenta, y pudieran erradicar no solo el dominio británico sino el arcaico sistema de castas. Las clases altas de la India tenían un gran temor a que el milenario sistema de castas pudiese ser barrido de la historia, o que se instaurara la expropiación socialista. Gandhi cuestionó abiertamente experiencias como la revolución rusa y el uso de la violencia, lo que ha sido catalogado como una hipocresía tremenda, puesto que es sabido, que este “prócer de la paz” otorgó apoyo vehemente a Gran Bretaña durante la Primera Guerra Mundial, incluso ofreciendo soldados. Finalmente Gandhi acabó sus días siendo abatido por un fanático hinduista de aparentes lazos ultraderechistas que cuestionaba la condescendía de Gandhi con Pakistán.

El proceso de independencia de la India, dirigido por las clases dominantes fue sangriento; millares de trabajadores murieron, fueron despojados y encarcelados. Gandhi impidió que indios y africanos pudiesen unirse en una alianza popular definitiva para eliminar el imperialismo británico de raíz. Fue en todo momento un dirigente sin duda, pero representante de los comerciantes, las elevadas clases sacerdotales y nobles, desarticulando, apaciguando, condenando los levantamientos de las clases bajas. Jamás luchó por la abolición de castas o por los derechos de la mujer, al contrario, existen una serie de acusaciones históricas de misoginia religiosa contra este hombrecillo. Toda esta masacre de trabajadores que dejó la “independencia india” se encubre por medio del artificio de Gandhi y su aplaudida “resistencia pacífica”, como otro mito occidentalizado y promovido por todas las vías de propaganda. Lo que el imperialismo occidente vende como ejemplo siempre suele ser una trampa mortal.

El problema hippie

Conociendo en términos generales, el origen del pacifismo como “resistencia pasiva”, podemos mencionar como ya en los años 60, se extendieron una serie de corrientes intelectuales, artísticas y movimientos de contracultura llamados pacifistas. El movimiento hippie es uno de los más conocidos, cuyas prácticas de revolución político-espiritual, se basarían en consumir drogas alucinógenas, practicar el aislacionismo ecológico y combatir las armas con flores y canciones.

Estas corrientes por desgracia proliferaron por todo Latinoamérica y de hecho en Chile. Varios socialistas asumieron estas doctrinas de la construcción del socialismo por vías pacíficas. Salvador Allende llegó a la Presidencia de la República por medio de elecciones libres, jurando respetar la Constitución y las leyes (lo que cumplió). El resultado de ello no es desconocido: los reaccionarios movilizados y accionando por medio del terrorismo, el boicot comercial de sectores monopolistas, la prensa ultraderechista recibiendo financiamiento imperialista y alistando el suelo para el Golpe de Estado, la conspiración cívico-militar de los partidos “de centro”, produciendo miles de encarcelamientos, torturas aberrantes, muertes, mutilaciones y desapariciones de valiosos compatriotas, hijas e hijos del pueblo, junto con el desmantelamiento de la industria nacional, el aplastamiento de cordones industriales, eliminación de federaciones sindicales, cierre de universidades, y la imposición mediante el horror del manicomio neoliberal que hoy nos sumerge en una crisis brutal. Fue un precio muy alto que pagar y la historia nos enseña que jamás debemos repetir esa experiencia.

El capitalismo neoliberal no morirá por causas naturales; hay que infringir su muerte, y solo el pueblo unificado es aquella fuente inagotable de riqueza y fuerza vital con capacidad para destruir y construir mundos nuevos. La oligarquía librecambista tampoco renunciará jamás a su posición de parásito de la nación, pues depende del modelo podrido y de la alianza imperialista capitalista-global para su subsistencia. Usando la institucionalidad o por medios ilegítimos, erradicará a sus enemigos.

Nunca debe caerse tampoco en la trampa del aislacionismo con tintes ecológicos y “espirituales”, todo eso conduce a la esterilidad de la acción. El capitalismo es una fuerza depredadora que se expande y termina por llegar a todas partes. El capitalismo imperialista es el verdadero peligro irresponsable que atenta no solo contra la humanidad, sino contra toda la flora y fauna. La lucha llevadera debe librarse en las propias fauces del enemigo, dentro del propio sistema. Es el camino más peligroso, pero el único posible.

Las cadenas rotas deben ser armas destinadas a estrellarse contra las cabezas de los usureros enemigos del pueblo. La erradicación de los mercaderes del templo es una misión que todavía no se ha concretado en nuestra América. Contra el parasitismo colonial librecambista; el poderío industrial planificado de soberanía política popular. Contra la globalización capitalista; La patria popular. Contra la oligarquía histórica; el pueblo unificado. Contra la miseria y la explotación; la rebelión y la liberación nacional.

El idealismo de las piedras

Sabemos que la realidad material concreta de cada pueblo es diferente, y por tanto las tácticas estratégicas de lucha popular anti-capitalista también varían. Corresponde entonces a los patriotas del pueblo coordinar la resistencia y contraataque eficiente, utilizando todos los recursos a disposición. Lo veraz, es que las tácticas-estratégicas deben ser eficaces en el sentido que produzcan consecuencias importantes, es decir, consoliden victorias, no siendo jamás meros simbolismos o luchas fictas. Es una verdad incuestionable el hecho de que un patriota popular, siempre debe estar dispuesto a morir, porque el sacrificio es el gran acto que el liberalismo jamás podrá explicar con su culto imaginario del individuo. El revolucionario debe preparar el carácter para nutrir esa moral. Ese fenómeno por sí solo, niega todos los idealismos y espejismos de “egoísmo natural”, pero ello en ningún caso implica que los revolucionarios deban aspirar al martirio, sino a la victoria, esto es; la destrucción final del enemigo y la conquista total de la soberanía.

Cuando comenzaron las primeras revoluciones obreras anti-capitalistas en la historia de Occidente, la barricada tenía una finalidad indiscutible, la cual era desmoralizar a las fuerzas policiales, hacerlas retroceder, obteniendo como consecuencia que los miembros de la revuelta ganaran terreno ante la resistencia del sistema. Eso alentaba a que más trabajadores se unieran a la protesta, ya que comprobaban que el orden imperante no era invencible. Hoy en día por ejemplo, la barricada que corta caminos es rota fácilmente por carros policiales tecnológicos, además de mencionar que los aparatos ideológicos del sistema, los mass media, colocan a los protestantes como criminales, volcando a la clase trabajadora contra la manifestación. Hemos sido testigos incluso de montajes policiales.

Es aquí donde entra el problema sobre nuestra cultura ciudadana protestataria, la cual es una evolución del peticionismo colonial; la llamada “protesta autorizada”, demostrando que se confía en la institucionalidad establecida y se le tiene que solicitar permiso para marchar. Esto combinado con la moral del pacifismo, produce esterilidad en la movilización, las convocatorias terminan por agotarse más pronto que tarde. Lo vimos por ejemplo, tras el estallido social de 2019; las protestas se apagaron, se transformaron muchas veces en fiestas, siendo que estamos en una época de combate contra el alicaído neoliberalismo y una casta política que se esfuerza para sobrevivir. Las convocatorias forzaron el empuje suficiente como para que los políticos ofrecieran de forma inédita un paquete llamado proceso constituyente, pero con las reglas y clausulas impuestas por estos mismos. Dijimos que el éxito de las tácticas y estrategias populares radican en sus logros. No vale defenderse con piedras si el pueblo se lanza desnudo a la lucha, produciendo muertes, detenciones y mutilaciones oculares como las innumerables que debimos sufrir en Chile. No es la sangre del pueblo la que debe derramarse, sino la de los tiranos y corruptos.

Entonces el idealismo de las piedras es aquel que fantasea con la revolución, pero no consagra metas concretas calculadas al largo plazo. La molotov tiene utilidad si desmoraliza a las fuerzas policiales, permitiendo ganar espacio de perdurabilidad para la revuelta, presionando al Gobierno. El pueblo tiene un poder al que los grupos dominantes temen profundamente, y es el poder numérico, el peso aplastante de la cuantía. El dilema expectante es afianzar la unidad de un gran conglomerado popular con fuerte capacidad de compromiso y organización, que exponga una radical concepción anti-neoliberal, exaltando banderas de independencia política, económica, pregonando la extirpación de la miseria y una nueva organización participativa y ejercida por el pueblo en guerra a muerte contra la oligarquía histórica.

Cuando un sistema decadente y una oligarquía impotente no pueden defenderse por medio de su propaganda, tienen como último recurso el monopolio y ejercicio de la fuerza pública. Las revueltas callejeras de masas cumplen un rol clave si es que logran desmoralizar a los esbirros policiales. Un proceso revolucionario se torna exitoso cuando provoca que las fuerzas del orden renuncien a sus armas o se vuelquen contra el orden injusto. En Chile las fuerzas armadas se dividen en estamentos clasistas que dividen a oficiales de suboficiales y otros, no existe un escalafón único. Los militares hijos del pueblo y los verdaderos patriotas, debiesen ponerse del lugar de la verdadera patria representada por el pueblo y no por la oligarquía.

El pueblo debe emprender una lucha popular total de liberación y soberanía, pero no basta con anhelarla. Primeramente cada patriota, hijo (a) del pueblo debe prepararse física e intelectualmente para esta lucha, además de fortalecer un carácter que amerita resistir embates y comprometerse colectivamente, porque finalmente quien lucha por sí mismo, poco o nada, podrá ofrecer a la gran causa popular. El hijo del pueblo debe conocer la teoría, pero también debe escalar colinas y montañas, aprender estrategias de guerrilla urbana, manipular distintos tipos de armas, practicar diferentes estilos de combate y defensa personal, etc. El revolucionario debe ser capaz de poner de cara contra el suelo a un rival usando sus propias manos y aguantar el cansancio.

Tampoco deben esperarse mesiánicamente destacamentos de armas traídos desde el cielo. Nunca deben despegarse los pies de la tierra, ni perder el sentido de la realidad. En Chile (al igual que en otros países hermanos del continente) existe una fuerte legislación que restringe bastante la tenencia y porte de armas por civiles, a diferencia de Estados Unidos, donde la Segunda Enmienda Constitucional consagra el derecho de los ciudadanos a tener y portar armas, como señal de libertad para defenderse de una eventual tiranía gubernamental. En ese sentido, cada quien tiene que alistarse y adquirir por sí mismo los implementos necesarios, para poder contribuir a una causa de lucha común. Comenzar por unirse en núcleos pequeños y desde ahí, aunar fuerzas con otras colectividades. Como dijimos en párrafos anteriores, sería ilógico plantear aquí un recetario de cómo debe luchar un pueblo, pues la variación de condiciones puede estructurar la lucha dependiendo del lugar. Si debemos desechar sin dudar en todos ámbitos como veneno, aquellas doctrinas del pacifismo, la confianza en la institucionalidad burguesa, en todos los que predican el diálogo y la tolerancia con los enemigos de la patria popular, desconfiar de los que proponen la “paz” entre explotados y explotadores, de los reformistas “pacíficos”, y de los que internamente producen divisiones en los colectivos populares. Esos llevan en sus bolsillos las monedas de la traición.

Tanto la lucha vertical por la conquista del poder, como la lucha horizontal por medio de la conquista cultural de los espacios (para debilitar los aparatos ideológicos súper-estructurales del sistema), cumplen una finalidad para ganar espacio en favor de la causa popular. Esa es la lucha total. Cada pueblo ha de entablar las formas de combinar diferentes estrategias metodológicas para conquistar la soberanía absoluta, que no es otra cosa que el triunfo de la soberanía auténtica.

Quien hable de paz en tiempos que requieren de una lucha de liberación es un traidor. Combatimos contra un enemigo implacable e implacables deberemos ser si pretendemos vencer.

Bibliografía

-GUERRERO G. PRÁXEDIS. “Artículos de combate: recopilación y notas de Chantal López y Omar Cortés”. Edición Cibernética Antorcha.net (2015). México.

--MARIGUELA CARLOS, “Mini-manual del guerrillero urbano”. Marxist Internet Archive (2000). https://www.marxists.org/espanol/marigh/obras/mini.htm

-LOSURDO DOMENICO, “La cultura de la no violencia”. Ediciones Península (2011). Barcelona, España.

-SALAZAR GABRIEL, “La enervante levedad histórica de la clase política civil (Chile, 199-1973)”. Editorial Debate (2015), Santiago, Chile.