En esta sexta entrega de la sección continuamos analizando el continente americano, nuestro hogar y nuestro horizonte común. Giramos la vista hacia el caso de la República de Nicaragua, país centroamericano de 7 millones de habitantes, que, descontando a México, viene a ser “el más grande” de los países centroamericanos. Durante el siglo XIX próceres independentistas de la talla de Simón Bolívar o Francisco de Morazán intentaron proyectos de unificación que finalmente no lograron prosperar por culpa del imperialismo norteamericano, el cual “convenció” a las burguesías criollas regionales de las conveniencias de armar pequeñas repúblicas separadas “independientes” y, claro está, “socias” de Washington. Allí donde los “argumentos” no bastaron, el imperialismo hizo lo que sabe hacer. La misma historia de siempre. Gracias a eso lograron controlar Panamá y su estratégico canal, así como las fértiles tierras nicaragüenses, costarricenses o guatemaltecas, para mayor ganancia de las corporaciones frutícolas, pesqueras y ganaderas, y para mayor pérdida de las poblaciones de esos países.
En 1893 el pueblo nicaragüense derroca al gobierno oligárquico y vendepatria de la época e instala en el poder a José Santos Zelaya, un burgués del Partido Liberal dotado de gran personalidad y sentimientos nacionalistas. Su primer obra de gobierno es derrotar militarmente y expulsar de Nicaragua al imperialismo británico, que se hallaba aún afincado ilegalmente en la Costa Caribe, restituyéndola a la soberanía nicaragüense. Fue un gran impulsor de los “Estados Unidos de Centroamérica”, así como de un viejo sueño: la construcción de un Canal interoceánico que pase por Nicaragua. Este proyecto no se concretó porque Estados Unidos se adelantó, conspiró para separar a Panamá de la Gran Colombia, y, ya con la oligarquía local en sus manos, construyó su propio canal, que aún controla. Zelaya tampoco quiso aceptar préstamos de los norteamericanos, se les enfrentó en la escena internacional, y siguió una política de desarrollo nacional soberano, con grandes avances en educación y otros servicios públicos. Todos estos elementos configuran el “paquete” de cosas que al imperialismo le desagradan y que lo motivan a ponerse violento. En 1909 el Partido Conservador, armado y acicateado por los norteamericanos, desconoce al gobierno de Zelaya y le arma la guerra civil, para lo cual cuentan con instructores y otras fuerzas mercenarias enviadas por Washington. Zelaya y sus fuerzas superan a las guerrillas conservadoras, pero en 1912 capturan y ejecutan a un grupo de mercenarios gringos pillados “in fraganti”. Esto le da la excusa perfecta a Estados Unidos para intervenir, desembarcando los marines ese mismo año y derrotando al gobierno de Zelaya, quien huye al exilio. Una de las gestas más heroicas de esos años fue la defensa que hiciera el general nicaragüense Benjamín Zeledón de la ciudad de Masaya, siendo capturado y fusilado por los imperialistas. Un joven humilde de 17 años, Augusto Sandino, pudo apreciar el cortejo fúnebre que acompañaba el cuerpo masacrado del general patriota, y esa imagen causó una honda impresión en su alma. Tanto él como el resto de las nicaragüenses pudieron apreciar en carne propia lo que significa volver a caer en las garras del imperialismo, el cual impuso de inmediato un gobierno oligárquico de su antojo, cuya primera medida fue firmar un cuantioso préstamo con los Estados Unidos.
Siguen algunos años de miseria y sumisión, hasta que producto de una serie de circunstancias y del enrarecimiento del clima político en el país, el Partido Liberal se rebela contra el gobierno conservador en 1926 y crea el “Ejército Liberal Constitucionalista” (ELC), al cual se afilia Sandino de inmediato, y donde destaca en varias hazañas militares contra las tropas oligárquicas, hasta que alcanza el rango de General en Jefe de la región de “Las Segovias”. Sin embargo, en 1927 el imperialismo norteamericano amenaza con intervenir nuevamente en forma directa, lo cual intimida a la mayor parte de los jefes liberales, burgueses todos ellos, y se avienen a firmar un ignominioso tratado con Estados Unidos, por el cual renuncian a la lucha ese mismo año y desmovilizan el ELC. Sandino, desde “Las Segovias”, rechaza la rendición y declara: “No me vendo ni me rindo. Yo quiero Patria libre o morir”, tras lo cual invita a cuantos de sus soldados quieran a seguirlo y continuar la lucha. Veintinueve hombres dan un paso al frente y nace así “El Pequeño Ejército Loco”, para el cual Sandino diseña una bandera roja y negra. Esta fuerza iría progresivamente creciendo para transformarse en el “Ejército Defensor de la Soberanía de Nicaragua” (EDSN), y alcanzaría importantes victorias contra el gobierno entreguista y los marines ocupantes. Estados Unidos se aplica a fondo en la contienda, y ocupa su aviación para bombardear en varias ocasiones las ciudades, generando terror entre la población civil y desquitándose así por sus derrotas militares. También crear, arman y entrenan un nuevo instrumento de represión destinado especialmente al combate contra los patriotas: la “Guardia Nacional”, que queda bajo el mando del insigne mercenario y agente imperialista Anastasio Somoza. Pero nada de eso sirve para vencer a los sandinistas, que continúan atacando las propiedades públicas y privadas pertenecientes a norteamericanos, haciendo huir a las guarniciones imperialistas y apropiándose de sus armas y recursos. Incapaz de vencer a los “locos patriotas” de Sandino y en medio de una feroz depresión económica, Estados Unidos se retira del todo en 1933, por lo que Sandino y el nuevo presidente liberal firman la paz y el EDSN se desarma, el 2 de febrero. Pero la Embajada norteamericana aún tenía otros planes ocultos, y ordena a Anastasio Somoza el asesinato de Sandino, orden que cumple el 21 de febrero de ese año. La venganza de los cobardes y de los criminales. Al poco tiempo Somoza derroca al presidente constitucional y se instala él mismo en una de las dictaduras personales y familiares más largas de la historia. Tras su muerte Nicaragua es gobernada por sus hijos, hasta que en 1979 y luego de una heroica guerra popular de liberación, el último Somoza es derrotado por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).
Como la historia no pasa en vano y los pueblos aprenden, las heroicas gestas libertarias de Sandino, Zeledón y otros son inspiración directa durante las décadas de los 50 y 60 para la formación del FSLN por parte de sectores obreros, campesinos, estudiantiles y burgueses progresistas. El FSLN recupera la bandera rojinegra del general Sandino y la dota de un nuevo sentido, pues, además de ser una guerrilla popular de liberación, es un partido marxista leninista nacido al calor de la revolución cubana triunfante (el “Movimiento 26 de Julio” también usaba esos colores). Su primer comandante fue Carlos Fonseca, caído en combate, y la victoria de 1979 contra Somoza se alcanza bajo la dirección del comandante Daniel Ortega, y con apoyo internacionalista de muchas latitudes, pues la revolución de los “nicas” logró despertar la solidaridad mundial. Eran años poco favorables para la construcción del socialismo, así que Nicaragua puso la “nota disonante” en medio de muchas derrotas populares, y el FSLN comenzó a trabajar en el desarrollo nacional, la soberanía y la justicia social, aquellos sueños populares postergados durante tantas décadas. Obviamente Estados Unidos no se iba a quedar tranquilo, y arma una especial forma de insurgencia contra el nuevo gobierno revolucionario del FSLN: los llamados “Contras”. Se trata de guerrillas armadas y entrenadas por el imperialismo que desatan una política de terror y destrucción por todo el territorio, centrada en asesinatos selectivos de sandinistas, ataques y sabotajes contra las fuerzas productivas del país, reclutamiento de jóvenes y de lumpen para engrosar las filas contrarrevolucionarias, internación de drogas y armas en el país, etc. A ello se sumaron las sanciones y el bloqueo criminal que Estados Unidos impone contra Nicaragua, así como millones de dólares en financiamiento que deriva hacia la oposición burguesa y hacia operaciones de propaganda contra el gobierno del FSLN. A pesar de que los sandinistas combaten y resisten, con apoyo internacionalista y especialmente cubano, el escenario es demasiado complejo, y la caída del Campo Socialista viene a empeorar las cosas. El pueblo sufre los embates de la “Contra” y de las sanciones y, en medio de una campaña electoral millonaria, los sandinistas pierden las elecciones de 1990 ante la candidata de la oligarquía proyanqui.
Los 90s son una década perdida para Nicaragua, al igual que la primera parte del siglo XXI, y el pueblo tiene que sufrir la instalación del neoliberalismo, el desmontaje de los logros de la revolución de 1979-1990 y la pérdida total (una vez más) de la soberanía del país. Los sectores burgueses e “intelectuales” del FSLN traicionan rápidamente el proyecto sandinista ahora que ya no se tenía el gobierno y no podían profitar de los cargos públicos, y crean el “Movimiento Renovador Sandinista” (MRS), el cual asume plenamente la “renovación socialista” y la “tercera vía”, es decir, el abandono del marxismo y la traición a la patria. Un pueblo puede sufrir largo tiempo, puede equivocarse, puede confundirse y puede ser derrotado. Pero no hay confusión, derrota o sufrimiento que dure para siempre, y los nuevos aires revolucionarios esparcidos por la revolución bolivariana de Venezuela a partir de 1999 y especialmente tras los sucesos de 2002, impactan positivamente en el país. El comandante y expresidente Daniel Ortega nunca abandona la lucha y, gracias al acumulado social y orgánico de los tiempos de la revolución, logra salvar al FSLN y seguir planteando la alternativa antiimperialista y antineoliberal que éste representa. Usando la inteligencia estratégica y el “pragmatismo revolucionario” que caracteriza a todos los dirigentes patrióticos y marxistas-leninistas de calidad, rearma un nuevo relato para recuperar el poder.
El FSLN promete una revolución “cristiana, socialista y solidaria” y, de la mano de la ola bolivariana que recorre América, retoma el gobierno por la vía electoral en 2006. Sus gobiernos han avanzado en dos direcciones: por una parte, recuperar conquistas sociales de la revolución y desarrollar las fuerzas productivas del país para salir de la pobreza; por otra parte, forjar alianzas antiimperialistas con el resto de las revoluciones latinoamericanas, y también de otras latitudes. En ese último punto destaca el proyecto de construcción de un segundo canal interoceánico con apoyo de la República Popular China, para competirle al canal panameño controlado por los Estados Unidos. Este canal será mejor y más avanzado que el actual, y además ofrece una salida más conveniente hacia la costa pacífica norteamericana y hacia el Asia. Son los viejos sueños de Zelaya que comienzan a hacerse realidad.
Obviamente el imperialismo no acepta ni aceptará jamás que en su “patio trasero” y en las costas de su “lago privado”, el Caribe, se levanten gobiernos soberanos y populares. La nueva Nicaragua sandinista sufre una vez más la guerra económica y las sanciones ilegales del imperialismo, la propaganda intoxicativa contra su gobierno patriota y sus dirigentes revolucionarios, la internación de bandas armadas que practican el narcotráfico y los asesinatos selectivos, así como varios intentos de Golpes de Estado. El último de estos se produce en 2018, a través de la típica táctica de “calentar las calles” y hacer pasar por “rebelión civil” la intentona golpista. Los organismos de inteligencia norteamericano derivaron enormes cantidades de fondos a “ONGs” fantasmas que luego ocuparon esos recursos para contratar y armar mercenarios, enviarlos a atacar las sedes del FSLN y a provocar a los fuerzas de seguridad. Con mucha paciencia y serenidad el gobierno sandinista derrotó culturalmente a los golpistas en el interior del país, por más que los medios de comunicación proyanquis hayan conseguido crear una imagen distinta en el exterior. Los sandinistas ganan ampliamente las elecciones regionales de 2019 y, según todas las encuestas, ganarán nuevamente las presidenciales de 2021: los “cachorros de Sandino” gozan de buena salud. Nicaragua sigue adelante en su desarrollo soberano como un volcán dormido, que despertará con fuego y furia si el imperialismo se atreve a ensuciar de nuevo su suelo con las botas de sus marines.