No hubo un giro ideológico del país, sino un reflejo defensivo. Un tercio despolitizado, decisivo en las elecciones, inclinó el péndulo en busca de orden frente al miedo amplificado y la decepción con una izquierda sin autocrítica. El riesgo es evidente: que la demanda legítima de seguridad termine traduciéndose en obediencia y subordinación externa, dejando la soberanía fuera del debate.
No fue un giro ideológico. Fue un reflejo.
Chile no se derechizó: se asustó.
Lo ocurrido no se explica por una conversión doctrinaria del electorado, sino por algo más profundo y antiguo: la activación de un arquetipo de orden en una sociedad parcialmente despolitizada, empujada por el miedo amplificado, abandonada por una izquierda sin autocrítica y conducida, casi sin advertirlo, hacia un orden subordinado al poder externo.
El tercio que inclina
Conviene afinar el punto. No es toda la sociedad la que pende. Es un tercio despolitizado, pero decisivo. No conduzca el proceso: lo inclina. No gobiernan ni militan, pero cuando se asustan, el país gira.
El voto que llevó a Kast al poder no fue ideológico. Fue defensivo. No se eligió un proyecto de país; se buscó contención. En contextos así, la política deja de ser deliberación y se transforma en reflejo. El péndulo no oscila entre izquierda y derecha, sino entre caos percibido y autoridad prometida. Entonces, la figura que ofrece orden —aunque sea tosco y sin horizonte— se vuelve atractiva.
El peso de la noche, otra vez
Chile conoce bien ese reflejo. El “peso de la noche” no es reliquia portaliana ni curiosidad académica: es disposición profunda que reaparece cada vez que el desorden parece desbordar la vida cotidiana. Cuando todo se siente frágil, el inconsciente colectivo chileno no pide emancipación; pide autoridad. Kast no inventó ese impulso. Lo ocupado cuando se activó.
La construcción del miedo
El miedo, además, no surge solo. Se produce, se amplifica y se administra. Chile no es el país más violento de la región, pero sí uno de los más asustados. La distancia entre datos y percepción es enorme. El relato mediático, casi monocorde, construyó una sensación de asentamiento permanente: delincuencia, crimen, migración fuera de control. En ese clima, la pregunta política se reduce a una sola: ¿quién puede parar esto? Todo lo demás queda fuera de foco.
La ruptura con Boric
En ese escenario, Boric apareció como alternativa real al duopolio corrupto. Joven, ajeno a la vieja política, portador de una promesa de renovación ética. Muchos depositaron ahí confianza genuina. Esa esperanza se diluyó rápido. No solo por errores de gestión, sino porque el Frente Amplio demostró algo más grave: era más de lo mismo. Gobernó desde ideas importadas, perdió contacto con el pueblo real, confundió política con superioridad moral y terminó actuando como instrumento del globalismo, sin proyecto propio ni arraigo nacional. Cuando llegó la derrota, no hubo autocrítica; hubo desprecio. El pueblo fue tratado como “fachopobre”. Ese gesto selló la ruptura y pavimentó el giro del péndulo.
La motosierra como carta de presentación
Entonces ocurrió el primer gesto del nuevo ciclo. Apenas ganó la elección, Kast viajó a Argentina. No esperó, no tomó distancia, no habló primero a Chile. Se reunió con Javier Milei y posó para un TikTok celebratorio con una motosierra dorada. No fue anécdota ni broma. Fue señal política temprana.
La motosierra no es un programa. Es un símbolo importado que resume una idea simple: el orden no se construye, se corta. El Estado no se reforma, se amputa. Promete castigo, reducción, eliminación. No se distingue entre privilegios reales y derechos residuales. Funciona porque conecta con rabia y cansancio, pero revela algo más profundo: el orden propuesto no es soberano, está alineado. Mano dura hacia dentro; previsibilidad hacia fuera.
Un mandato frágil
El mandato que recibe Kast es corto y frágil: orden, rápido. No hay adhesión profunda ni entusiasmo duradero. Por eso los memes no celebran; ironizan. Hay apoyo, pero también sospecha. La paciencia social será breve.
El telón de fondo geopolítico
La capa más profunda de todo esto es geopolítica. Las felicitaciones inmediatas de Trump y Netanyahu no fueron gestos protocolares; fueron señales de pertenencia. El mensaje habla de seguridad, cooperación estratégica y alineamiento entre “democracias”. En lenguaje geopolítico, eso significa: orden interno para garantizar la previsibilidad externa.
Trump no necesita decirlo en voz alta. Le basta observar gestos y alineamientos. Mientras se habla de seguridad, el verdadero telón de fondo es el triángulo del litio. Para Estados Unidos, la subordinación política —explícita o tácita— de los presidentes de Chile, Argentina y Bolivia en materias estratégicas no es teoría conspirativa: es objetivo práctico. No se controla el litio con discursos, sino con gobiernos previsibles.
Lo que queda fuera del debate
El problema no es cooperar. El problema es renunciar a la autonomía. Mientras el ciudadano vota por seguridad inmediata, quedan fuera del debate el litio, la extranjerización de tierras, la Patagonia y la soberanía tecnológica. El miedo cotidiano tapa la pérdida lenta y silenciosa de soberanía.
Los memes que circulan hoy, groseros y exagerados, no celebran. Intuyen. Intuyen que el orden prometido puede terminar siendo obediencia. Que la calma puede salir cara.
La oportunidad
Este momento no es solo crisis política. Es aceleración. Las contradicciones se muestran sin maquillaje. El pueblo no rechazará la justicia social; Rechazó el caos. No rechazar la política; Rechace la impotencia.
Ahí aparece la oportunidad. El soberanismo no como consigna, sino como salida real: orden con soberanía, seguridad con justicia social, autoridad con arraigo nacional. Es tiempo de converger. Izquierda patriótica, nacionalistas sociales, soberanistas: dejando atrás etiquetas gastadas y disputas estériles. No para gestionar el miedo, sino para superarlo. No para obedecer mejor, sino para volver a decidir.
Porque sin soberanía, el orden es solo obediencia. Y la obediencia, tarde o temprano, siempre pasa la cuenta.